miércoles, 5 de marzo de 2014

Sobre el recelo y la desesperanza

Es fácil preguntarse por qué tipo de recelos y desesperanzas voy a hablar. Quiero hablar del recelo y la desesperanza que existen en México.

En el camino a la sala de cómputo, a la computadora frente a la que estoy escribiendo, dejé que en mi mente revolotearan los lances e ideas que surgieran y que entre ellos se debatieran por lo que quería escribir. Es decir que antes de ahora no sabía exactamente sobre qué escribir. Cuando me puse frente al computador mi mente se aclaró un poco y logré entrever tras la bruma que se fraguaba en mi cabeza, dos cosas que, observo, si bien no predominan sobre las demás, son elementos constitutivos muy fuertes del conjunto de problemas que analizaba.

Hablo de la ira, y de la falta de convicciones, ¿y partes constitutivas de qué problemas creo que son parte? De los problemas de México. De los conflictos de los mexicanos.


Tengo un profesor muy bueno en la universidad, el Dr. Edur Velasco, con quien tomo clases. Bueno, pues, hace unas semanas él nos hizo una pregunta cuya respuesta en un principio no me pareció muy relevante. Nos dijo algo más o menos así:

—A ver, quiero que en una hoja de su cuaderno escriban qué piensan sobre las siguientes preguntas, muchachos: dado el gran impulso que tiene hoy en día la globalización, ¿creen que es posible que se salven solos? ¿consideran que los problemas que ocurren al otro lado del mundo los afectan a ustedes? ¿creen que pueden tratar con sus problemas dentro de las barreras de este País?

Todos escribimos nuestras respuestas, y el profesor hizo un gesto que a todos, al parecer, nos hizo ruido. Nos pidió que saliéramos del salón, y nos dijo que nos llamaría en grupos de tres para que le leyéramos nuestras respuestas. Nosotros, creyendo que se trataba de sólo una pregunta cualquiera más, pensamos que le estaba dando mucha importancia a algo tan sencillo. Pero cuando llamó al trío en el que estaba yo, comprendí por qué lo hacía.

Pasamos al salón mis compañeras y yo, y antes de otra cosa, nos dijo:

—Los paso de tres en tres, porque este ejercicio es algo muy delicado. No les estoy dando una pregunta intrascendente. Cuando responden, realmente se manifiestan; asumen una postura frente al mundo. / Esas respuestas que tienen en sus hojas son manifiestos de ustedes mismos.

Y lo que era una pregunta cualquiera, pasó a ser una postura política que mueve nuestros actos en el mundo, que nos afecta a nosotros en mayor o menor grado, y que puede afectar a quienes convivan con nosotros. Fue un gran golpe.

Pasó el episodio, pero la idea se plantó en mí, y en estas semanas ha crecido y tenido consecuencias en mis pensamientos. Todo estalló, al parecer, cuando, hurgando y perdiendo el tiempo en el muro de Fb de un amigo mío, leí que publicaba el enlace a la opinión de una película que él había visto y que yo después busqué. La película se llamaba Footnote, o Nota al pie. No la encontré en internet, pero la película prometía mucho. De entre lo que pude averiguar, la película trata de un hijo y su padre que estudiaban el Talmud, pero utilizando técnicas totalmente distintas. Ambos son docentes, y el busilis de la película se da cuando ocurre un fallo equivocado del jurado que entregará el Premio Israel, supuestamente a Eliezer Shkolnik, cuando debería entregárselo al hijo, Uriel.

La película, en sí, no fue importante -porque nunca la vi-. Lo importante para mi sucesión de pensamientos fue una parte de la opinión que mi amigo compartía en su muro: "La película 'Hearat Shulayim' (Pie de página) del director Joseph Cedar. Hizo zumbar los oídos de varios funcionarios de Conacyt, para quienes escribir tres artículos diarios en algún periódico de reconocido (por ser dudoso) prestigio muestra que el investigador en turno está contribuyendo con el conocimiento. El texto sexy frente al texto serio (la Crítica de la razón pura no podría haber sido escrita en México de acuerdo con los estándares actuales de productividad académica de Conacyt)."

La última parte fue la que me asestó el golpe final: "La Crítica de la razón pura no podría haber sido escrita en México de acuerdo con los estándares actuales de productividad académica de Conacyt".


¿Pero cómo se relaciona todo esto con la ira y falta de convicciones? Bueno, los dos sucesos que relaté antes son sólo dos anécdotas, pero ambas dejaron en mí enseñanzas muy claras. Primero, que sólo si estamos seguros de nosotros mismos podemos ser trascendentes. Con esto quiero decir que mi profesor nos hizo una pregunta aparentemente inofensiva, y no sé los demás, pero por lo menos yo, cuando me enteré de la importancia del texto que habíamos redactado, quise cambiarlo, y revisarlo y averiguar si mi lenguaje había sido el apropiado, o si mis opiniones no sonaban ingenuas.

No dudo que mi profesor realizara deliberadamente el ejercicio de ese modo tan imprevisible para nosotros. Lo que me enseñó fue la importancia de la confianza en la opinión propia, y después el segundo suceso vino a corroborar mi opinión, y vino a añadirle que no soy el único que atraviesa por ese conflicto. Tal vez esa dinámica ocurre en México, y si tengo el valor de quitar el "tal vez", entonces me manifiesto y arrojo al mundo una postura de importancia:

En México existe una crisis de falta de convicciones.


La noto en todas partes, y me sorprendió que no viera antes de estos sucesos el problema con claridad.

La opinión pública en México se compone de aquellos que desde su púlpito doctoral son generadores de opiniones. Opinan en libros, en entrevistas, en coloquios, en foros, debates, ensayos, columnas, notas periodísticas, blogs, etc. Están los doctores, los maestros, los académicos, y están los desesperados (aquí la desesperanza), furiosos, que despotrican contra el gobierno. Lectores de Proceso y La Jornada, si les interesa ser de los "opinadores" más informados, o de los que lamentablemente todavía ven Televisa, Tv Azteca, y se informan en periódicos o pasquines de baja calidad, noticieros acríticos, y conversaciones con taxistas.

Quienes, en cambio, no opinan, sorprendentemente, son mis compañeros universitarios. La dinámica de eso me angustia al punto que en un primer momento me lancé a escribir un post al respecto.

Si no son de los que se paran a gritar abiertamente contra gobernadores y diputados, o proponen marchas y/o plantones, o campañas informativas intrascendentes, no opinan nada.

¿Por qué pasa eso con mis compañeros universitarios?

La dificultad de ver a futuro nos hace tener miedo. Y ante el miedo o se esconde la cabeza o se actúa agresivamente, por lo común. Los primeros actúan agresivamente. Saben que deben temer al gobierno, y en sus mentes está infiltrada la idea, aparentemente, de que hay que tener desconfianza ante toda muestra de autoridad institucional. En ellos se nota el impulso de quien no ve otra alternativa que querer destruir aquello a lo que teme. Ellos están desesperados, pero están llenos de convicciones.

Los que me preocupan son los pasivos. Ellos voltean la cabeza e ignoran los problemas que nos atañen a todos. Los unos como los otros saben que existe corrupción, impunidad, inseguridad; saben que no se puede confiar en la policía, que hay compadrazgo, pobreza, que la gente no lee libros, que hay rezago estudiantil, y al parecer esa convicción tan avasalladoramente antepuesta a nosotros nos hace pensar que no hay solución y que debemos ser parte del sistema.

Esa es la realidad que niegan: que como no pueden ver o imaginar otra alternativa, para sus adentros aceptan ser parte del sistema. Los que no lo aceptan, gritan abiertamente que hay que destruirlo.

Así funciona el mito del "sistema". Justamente porque el "sistema" (idea que creo que merece un estudio profundo del que carezco), "beneficia a unos pocos", y "no hay nada que se pueda hacer".


Yo creo fervientemente que es posible vivir en un sistema de mercado competitivo, y que podemos sanear las instituciones públicas. Podemos crear un Estado insignia del crecimiento y el bienestar social; es posible hacer que las políticas públicas sirvan a quien deben servir, y es posible que el gobierno se movilice con la sociedad antes que la sociedad se movilice contra el gobierno. Todo esto a través del trabajo duro e inteligente, de la lectura y la información adecuada, PERO SOBRE TODO, a través del diálogo, de la opinión formada, la denuncia abierta, y de tener la suficiente convicción como para alzar la mano en una tribuna cualquiera.

Si las personas no leen ni se informan, ni se interesan por los problemas que son informados en periódicos, revistas, gacetas académicas, noticieros y mesas de debate, es porque en ellos pervive la convicción de que no tiene caso lo que opinemos, porque no podemos hacer nada.

Yo creo que la forma más efectiva de cambiar el gobierno, es hacer el gobierno. ¿Por qué no ser los ciudadanos quienes sean los senadores o diputados? Es posible ser un empresario honesto y no estar beneficiado del compadrazgo. Un sistema como debiera ser, es posible, pero no es posible si las personas no creen que es posible ni hacen un esfuerzo por hacerlo posible.

En todo esto creo, y tal es mi convicción, que me atrevería a defenderla en mi blog, tanto como en las calles o en la vida cotidiana. Yo creo en la capacidad transformadora de los seres humanos. Y lo primero que debemos hacer es plantearnos con seriedad la pregunta: ¿qué se necesita hacer? El mundo no se cambia teniendo un trabajo normal, ni siendo una persona buena y normal, ni siendo parte del sistema.

Si lo piensan de esta forma (retórica, claro está), el Estado no establecería los medios para que el mismo se renueve. La idea de Estado parte del principio de estabilidad. La ley está conforme a la regla, y presupone un orden.

El objetivo, para mí, es cambiar el orden, primero teniendo convicciones, y luego, transformándolas en acciones. Sin miedos, sin recelos y sin desesperanzas.